Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Siete días y siete noches navegó sin rumbo por las aguas. Entretenía su tristeza tocando el arpa. Al fin, las olas lo empujaron hacia la costa. Esa noche, unos pescadores que habían salido del puerto para echar las redes oyeron una dulce melodía que parecía surgir de las aguas. Escucharon sorprendidos y, con los primeros rayos del alba, descubrieron la barquilla errante. «Una música celestial —se decían— rodeaba la nave de San Borondón cuando bogaba hacia las Islas Afortunadas por el mar más blanco que leche». Remaron hasta aproximarse a la nave que iba a la deriva: no parecía existir vida en ella salvo los sones del arpa. Al alcanzarla descubrieron a Tristán, recostado sobre su lecho, el arpa entre las manos. Lo vieron tan pálido y enfermo que se compadecieron y lo llevaron hasta el puerto, donde la reina y su hija podrían curarlo. Tristán les preguntó qué tierras eran y en qué reino había abordado. ¡Por desgracia aquel país era Irlanda! ¡Las olas lo habían empujado hacia el puerto de Weiseforte donde yacía, en el campo de los muertos, el Morholt y donde la reina Iseo deseaba su venganza! Tristán se sobresaltó al pensar que alguno de los compañeros del Morholt pudiera reconocerlo.

Los pescadores lo condujeron ante el rey, y contaron su extraordinaria habilidad con el arpa. El rey quiso informarse de su nombre y procedencia:


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