Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Señor —le respondió—, mi nombre es Tantrís. Soy un juglar y embarqué en una nave de mercaderes; viajaba hacia España, donde pensaba aprender el arte de leer en las estrellas; los piratas nos abordaron, robaron cuanto encontraron y mataron a todos los hombres. Sólo yo logré escapar, malherido, en esta barquilla que me ha traído a tu reino. Durante días y noches anduve a la merced de las olas salvajes que me empujaron hacia estas costas.

Todos lo creyeron. Ninguno de los compañeros del Morholt pudo reconocer en él al joven caballero que había luchado en la isla de San Sansón: el veneno de la herida había ennegrecido su tez y deformado sus rasgos. El rey ordenó que fuese albergado en una casa, hizo disponer un buen lecho y pidió a su hija que curase al pobre juglar herido.

Iseo la Rubia, que había aprendido de su madre la virtud de las hierbas, los sortilegios, las pócimas y ungüentos, abrió su herida, quemó la carne muerta, la hizo sangrar y retiró el veneno que aún quedaba en ella. Luego lo curó con bálsamos medicinales. En pocos días mejoró la herida y Tristán inició a Iseo en el arte de componer trovas, pastorelas, lays y de tocar el arpa y la rota.


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