Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Señora —respondió Tristán—, convenceré al senescal de engaño y si quiere mantener su impostura con las armas mostraré en el combate que os reclama con mentiras y falsedad.

Tristán permanecía en el baño mientras Iseo limpiaba sus armas deslustradas por el veneno. Sacó la espada ensangrentada de la vaina y observó la brecha de la lámina. Una sospecha la asaltó. Abrió la arqueta en la que guardaba el pedazo de acero extraído del cráneo del Morholt. Unió el fragmento a la brecha y vio que se ajustaban. Entonces comprendió que el juglar al que había curado y el vencedor del dragón era Tristán de Leonís, quien un día había matado al Morholt frente a las costas de Cornualla.

Iseo se estremeció; un escalofrío de rabia recorrió su cuerpo; roja de ira, la frente bañada en sudor, corrió hacia Tristán blandiendo la espada sobre su cabeza:

—¡Ah! ¡Tristán, sobrino del rey Marcos! ¡Ya no podrán valerte tus engaños! ¡Con esta espada mataste a mi tío el Morholt! ¡Con ella misma morirás!

Tristán intentó detener su brazo. Fue en vano. Su cuerpo debilitado era incapaz de conseguirlo. Pero su mente trabajaba para salvarlo. Con gran habilidad le dijo:


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