Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Mucho tiempo buscaron al caballero. Al final Brangel vio brillar, entre las hierbas del pantano, su yelmo. Tristán yacía inanimado, el cuerpo ennegrecido e hinchado mas todavía con vida. Iseo observó sus rasgos, que le recordaban a Tantrís, el juglar al que meses antes había salvado de la muerte. Perinís lo subió sobre su caballo y, en secreto, lo llevó a las habitaciones de las damas. Al llegar al castillo, Iseo contó a su madre su aventura. Luego preparó sus bálsamos y ungüentos y, al quitarle la armadura, cayó al suelo la lengua envenenada del dragón. Iseo la recogió gozosa y guardó celosamente la prueba de la impostura del senescal cobarde y felón.

Al día siguiente, Iseo la Rubia le preparó un baño con raíces y hierbas aromáticas y saludables. Tristán, reanimado por el calor del agua y la fuerza de los ungüentos, sonreía al pensar que había conquistado a la bella de los cabellos de oro.

—Esta lengua demuestra que tú mataste al dragón —le dijo Iseo—. Pero el senescal de mi padre, un barón traidor y embustero, le cortó la cabeza y reclama para sí el premio de la aventura. De aquí a seis días mi padre convocará a sus barones y, ante la asamblea, tendrás que mostrar su impostura.


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