Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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El rey, que conocía su cobardía, se maravilló de que el senescal pudiera haber realizado tamaña proeza. Tanto insistió Aguyn-guerren que acabó convenciéndolo. Convocó a sus vasallos para que acudieran a la corte en el plazo de ocho días: el senescal mostraría ante la asamblea la prueba de su victoria. Luego acudió a la cámara de las mujeres para comunicar la noticia a la reina y a su hija.

Cuando la rubia Iseo supo que su padre quería entregarla al senescal rompió en lamentaciones:

—¡No quiera Dios —decía— que comparta el lecho de ese pelirrojo, cobarde y embustero! ¿De dónde le vinieron valor y fuerza para enfrentarse con el dragón, él que siempre se mostró cobarde ante cualquier valiente caballero?

No tardó en caer en la cuenta de que el senescal había inventado una impostura y engañado al rey. A la mañana siguiente, acompañada por su paje, el rubio y fiel Perinís, y por su doncella, la joven Brangel, salió del castillo al alba por una puerta que daba al jardín. Cabalgaron en dirección a la guarida del dragón. En el camino, observó las huellas de un caballo con herrajes distintos de los del país. Siguiéndolas encontraron el monstruo decapitado y el caballo muerto enjaezado según usanzas extranjeras. Descubrieron el escudo roto sobre el que aparecía un dragón de oro reluciente: nunca Aguyn-guerren había usado un emblema semejante.


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