Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —¡No!, hija de rey. Vine a Irlanda para rendirte homenaje. Un día dos golondrinas volaron hacia Tintagel y llevaron en su pico uno de tus cabellos: era un mensaje de paz y amor. Por eso acudí en tu búsqueda de allende el mar y luché contra el dragón. Mira este cabello, cosido entre los hilos de mi brial: el color de los hilos de oro se ha deslucido, pero el brillo del cabello no se ha empañado.
Iseo guardó la espada. Tomó en sus manos el brial, contempló el cabello de oro, tratando de ocultar su emoción. Luego besó a Tristán en los labios en señal de paz y amistad y lo revistió con sus ricas ropas.
Llegó el día fijado para la asamblea. Tristán envió secretamente a Perinís, el fiel criado de Iseo, hacia su nave para ordenar a sus compañeros que acudiesen a la reunión vestidos con sus mejores ropas. Los compañeros de Tristán recibieron con alivio y alegría la noticia: en vano lo habían buscado Por campos, caminos, bosques y eriales, sin poder dar con él. Los caballeros vistieron ricos briales de ciclatón obrados con oro y pellizones de vero y marta cibelina adornados con pedrería. Montaron en sus corceles enjaezados con sillas de oro y, cabalgando de dos en dos, se dirigieron al palacio. Subieron a la sala y se sentaron en los bancos altos, junto a los más nobles vasallos. Los irlandeses se preguntaban extrañados quiénes serían estos ricos y poderosos señores tan lujosamente engalanados.