Tristan e Iseo
Tristan e Iseo El rey tomó asiento bajo el dosel. La reina fue introducida en la sala con todos los honores que correspondían a su rango y se colocó junto al rey. Tristán, que la seguía, se sentó al lado de la princesa Iseo. Todos admiraron la belleza del extranjero, sus ojos claros, sus cabellos rubios y rizados.
El senescal Aguyn-guerren el Rojo se alzó, de entre el círculo de los barones, y lleno de orgullo exclamó:
—Señor. Un rey debe ser fiel a la palabra dada. Vos ofrecisteis vuestra hija Iseo y la mitad de vuestro reino a quien acabase con el dragón que asolaba vuestras tierras y atemorizaba a vuestras gentes. Yo lo maté y en prueba de ello presentaré la cabeza del monstruo.
Entonces Iseo se incorporó, avanzó hacia su padre e inclinó la cabeza ante él.
—Rey —le dijo en voz alta—. En esta asamblea hay un hombre que puede convencer de engaño y felonía al senescal. ¿Prometéis olvidar todos sus daños pasados, por grandes que sean, y otorgarle vuestro perdón y vuestra paz si demuestra ser él quien libró vuestra tierra de la terrible plaga del dragón?
El rey permaneció un rato pensativo como hombre sabio que gusta de meditar sus resoluciones. Sus barones lo incitaron a acceder. Al final habló y dijo:
—Lo otorgo.