Anillos para una dama
Anillos para una dama Mientras las murallas ceden al enemigo, ella comprende que ha sido traicionada por todos: el rey, la Iglesia, su hija, su amante. No hay aliados. Solo la sombra de un héroe muerto que no deja lugar para nadie más.
Y sin embargo, hay un destello. No de esperanza, sino de decisión. Si el mundo la obliga a ser la viuda del Cid… entonces lo será. Pero a su modo. Sin fingimientos, sin amor, sin ilusiones. Solo ella. Entera.
AsÃ, la batalla que no se ve termina. No con sangre, sino con renuncia. Y en ese gesto final, hay más fuerza que en todas las guerras.
La ciudad ha caÃdo. Valencia, que fue sÃmbolo de conquista y gloria, es ahora un esqueleto humeante. Las tropas han partido. El rey ha vuelto a su corte. Y Jimena, una vez más, se queda sola con las cenizas. Pero esta vez no es solo el polvo de la guerra lo que cubre su rostro. Es la resignación.
Minaya regresa para hablarle, quizá para redimirse. Pero llega tarde. Su voz ya no tiene eco en el alma de Jimena. Él intenta justificar su abandono, su cobardÃa, su lealtad al recuerdo de Rodrigo. Habla como un hombre derrotado que intenta disfrazar su fracaso de dignidad.
—Perdóname, Jimena. No supe cómo luchar por ti.