Anillos para una dama
Anillos para una dama Ella lo mira sin lágrimas. Con una lucidez que hiela.
—No luchaste por mà porque nunca fuiste mÃo. Fuiste del Cid, de Alfonso, del deber… pero nunca mÃo.
El diálogo es un duelo. No de espadas, sino de verdades. Minaya quiere creer que en otra vida, en otro tiempo, podrÃan haber sido felices. Pero Jimena ya no cree en futuros posibles. Solo en el presente, que duele. Solo en el pasado, que pesa.
—No me hables del más allá —dice—. Porque en el más allá tampoco quiero ser tuya. Ya no.
Cuando él se va, se lleva con él el último vestigio de esperanza. Jimena queda sola en su alcoba vacÃa. En su mano, los dos anillos: el del matrimonio con el Cid, y el de la viuda que guarda su memoria. Ambos pesan igual. Ambos la atan. Ambos la anulan.
La ciudad, como su alma, está devastada. Todo lo que habÃa querido: amar, ser libre, rehacer su vida… ha sido negado. No por los enemigos externos, sino por las voces internas de una sociedad que no permite que una mujer cambie de papel. En la historia, el pasado es más fuerte que cualquier deseo.
Jimena contempla sus anillos como si fueran grilletes.
—Creà que podÃa quitármelos. Que bastaba con desearlo. Pero no. Están fundidos a mi piel.