Anillos para una dama
Anillos para una dama La habitación, una vez llena de promesas, ahora es tumba. Y desde allÃ, Jimena pronuncia las palabras que sellan su destino:
—Me quedo sola. Pero no derrotada. Solo… necesaria.
Sin Rodrigo. Sin Minaya. Sin nadie.
Solo ella. La mujer que fue, la que pudo ser, y la que tendrá que seguir fingiendo ser otra para que el mundo no se derrumbe.
El último acto no es un grito, sino un susurro. Jimena se alza, no como reina ni como amante, sino como sÃmbolo absoluto. El peso de la historia ya no la aplasta: la ha absorbido. Ha dejado de luchar por ser libre; ahora encarna su propia prisión con una dignidad feroz.
Alfonso regresa. No con espadas, sino con palabras que pretenden consolar. Le ofrece honores, estatuas, memoria eterna. Pero ella ya no quiere nada.
—¿Eterna? —responde, casi con ironÃa—. Ya lo soy. Y nunca lo pedÃ.
El rey no entiende. Solo ve a la mujer que sostuvo el mito del Cid y que ahora, sin llantos ni súplicas, acepta su rol. No por obediencia, sino por imposibilidad. Ha intentado salirse de la Historia y ha descubierto que su rostro está tallado en ella.