El mundo de Guillaume Apollinaire

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Sin entrar en explicaciones matemáticas de otro dominio y limitándome a la representación plástica, tal como ella se ofrece a mi espíritu, diré que en esas artes plásticas la cuarta dimensión es engendrada por las tres medidas comunes: ella figura la inmensidad del espacio eternizándose en todas las direcciones en un momento determinado. Ella es el espacio mismo, la dimensión del infinito; es ella quien dota de plasticidad a los objetos. Ella les da las proporciones que merecen en la obra de arte, mientras que, en el arte griego por ejemplo, un ritmo en alguna medida mecánico destruye sin cesar las proporciones.

El arte griego tenía de la belleza una concepción puramente humana. Tomaba al hombre como medida de la perfección. El arte de los pintores nuevos toma al Universo infinito como ideal; y es a la cuarta dimensión sola que se debe esta nueva medida de la perfección que permite al artista dar a los objetos proporciones conforme al grado de plasticidad al que aspira llevar a esos objetos.

Nietzsche había adivinado la posibilidad de un arte semejante: «Oh Dionysos divino, ¿por qué me tiras las orejas?» pregunta Ariadna a su filosófico amante en uno de esos célebres diálogos sobre La Isla de Naxos. «Encuentro algo agradable, placentero en tus orejas, Ariadna: ¿por qué no son todavía más largas?».


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