El mundo de Guillaume Apollinaire

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Alfred Jarry

La primera vez que vi a Alfred Jarry, fue en las veladas de La Plume, las segundas, aquellas de las que se decía que no eran cómo las primeras. El Café del Sol de Oro había cambiado de nombre: se llamaba Café de la Partida. Ese nombre melancólico aceleró sin duda el fin de las reuniones y quizá el de La Plume. ¡Esa invitación al viaje nos hizo partir bien lejos unos de otros! Sin embargo, hubo en el subsuelo, en la plaza Saint-Michel, algunas bellas veladas, y amistades en pequeño número se anudaron allí.

Alfred Jarry, la noche de que se trata, se me apareció como la personificación de un río, un joven río sin barba, en ropas mojadas de ahogado. Los pequeños bigotes caídos, la levita cuyos faldones se balanceaban, la camisa floja y los zapatos de ciclista, todo eso tenía algo de blando, de esponjoso; el semidiós estaba todavía húmedo, parecía que, pocas horas antes, había salido mojado del lecho donde se deslizaba su onda.

Bebiendo stout, simpatizamos. Recitó versos con metálicas rimas en ordre y en arde. Y luego, después de haber escuchado una nueva canción de Cazals, nos fuimos durante un cake-walk desenfrenado en el que se mezclaban René Puaux, Charles Doury, Robert Scheffer y dos mujeres cuyos cabellos se despeinaban.


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