El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas Si el señor Riciotto Canudo no se hubiera mudado de Auteuil para ir a fundar Mont-joie en el centro de París, se hubiera formado una leyenda en Auteuil a propósito de la habitación que ocupaba en un hotel situado en la esquina de las calles Raynouard y Boulainvilliers. Nunca vi esa habitación, pero muchos habitantes de Auteuil tuvieron la ocasión de verla y en tiempos no se hablaba de otra cosa en los cafés del barrio, el autobús y el metro. Lo que asombraba a los habitantes de Auteuil era que el señor Canudo, que vivía en el hotel mismo, no se alojaba en un cuarto ya amueblado. Parece en efecto que él tenía sus muebles, es decir una pequeña cama, una mesa, una silla y unos estantes soportando libros. La cama, se decía, era muy estrecha y oí decir a un habitante de Auteuil hablando de una mujer delgada:
«Parece la cama del señor Canudo».
Riciotto Canudo
Se decía también que las cortinas de esa habitación estaban siempre echadas y que día y noche ardían allí un gran número de velas. Tantas que se tomaba al señor Canudo por el gran sacerdote de una religión nueva cuyos ritos llevaba a cabo en su habitación. Algunas hojas de hiedra esparcidas aquí y allá daban lugar a singulares suposiciones, y la que reunía más crédito era que el señor Canudo utilizaba la hiedra en operaciones mágicas cuyo fin no se había adivinado aún.