El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas «Describe en exceso. Hemos recordado al otro Delille, su cuasi homónimo y que parecía su contrario. La verdad es que no están tan lejos como parece uno del otro, y estos extremos se tocan. Ambos tienen como principal asunto el describir, porque el don de imaginar, el don de sentir y quizá el don de pensar les falta. No tienen más que el ojo exterior, la corteza de la poesía; desconocen la savia y la fuente. El viejo Delille, que se contentaba con ser filósofo, y se jactaba de ser correcto, sería hoy librepensador irregular y quizá pedante. Escribiría Kain con una k, y sin problemas hablaría de lo kainita y lo kaldaico. El joven de Lisie —hace quince lustros—, hubiera descrito los jardines, la imaginación, la lectura, el café, el ajedrez, y no hubiera sabido pintar a Iris y las rocas más que en azul claro. Es el mismo hombre ignorante del hombre, ejercitándose en el mismo juego pueril con la misma destreza. Sólo que uno nació bajo Voltaire y el otro bajo Víctor Hugo.