El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas El señor Fernand Fleuret es normando. Una vez, en el curso de un banquete donde se celebraba el milenario de Normandía, un noruego gigantesco, que se encontraba cerca de él, lo miró con condescendencia y declaró: «Usted, pequeño vikingo; yo, gran vikingo».
El pequeño vikingo, según la observación de otro poeta normando, parece un arquero del tapiz de Bayeux.
Su decidida inclinación por la mistificación le empujó un día, cuando todavía iba al colegio, a hacer creer a la cocinera de sus padres que una cierta funda que otrora tomó su nombre de la apacible ciudad de Condom, era una bolsa de una especie nueva y muy cómoda para las monedas grandes. En la carnicería, la risa fue tal que se propagó por toda la ciudad. La cocinera se quejó vivamente, sin esconder el nombre del que la había engañado. Y desde ese día, las mojigatas miraron al señor Fernand Fleuret con malos ojos.
Cuando quiso publicar esa superchería literaria muy superior a la de Mérimée: El carcaj del señor Louvigné del Desierto, el señor Fernand Fleuret buscó el apoyo de un editor que vive al lado de Odéon.
El editor sonríe a mi Fleuret, palpa el manuscrito, lo abre y la primera palabra que le salta a la vista es una con que los tipógrafos hicieron una buena errata un día que, en un periódico, hablaban de las excavaciones[13] de la señora Dieulafoy.