El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas El hombre no se separa de nada sin pesar, y ni siquiera de los lugares, las cosas y las personas que le hicieron de lo más infeliz, se aparta sin dolor.
Así es como en 1912 os dejé, no sin amargura, lejano Auteuil, barrio encantador de mis grandes tristezas. Allí volvería en el año 1916 para ser trepanado en la Villa Molière.
Cuando me instalé en Auteuil en 1909, la calle Raynouard se parecía aún a lo que era en tiempos de Balzac. Ahora es bien fea. Queda la calle Berton, iluminada por lámparas de petróleo, pero pronto, sin duda, cambiarán esto.
Es una vieja calle situada entre los barrios de Passy y de Auteuil. Sin la guerra habría desaparecido o al menos se habría vuelto ir reconocible.
La municipalidad había decidido modificar su aspecto general, ensancharla y abrirla al tránsito rodado.
Se hubiera suprimido así uno de los rincones más pintorescos de París.
Antiguamente era un camino que, desde la ribera del Sena, subía a la cima de las colinas de Passy a través de los viñedos.
Calle Berton