El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas La fisonomía de la calle no ha cambiado apenas desde los tiempos en que Balzac la recorría cuando, para escapar de algún inoportuno, cogía la diligencia[1] de Saint-Cloud que lo llevaba a París.
El transeúnte que desde el muelle de Passy se fija en la calle Berton, sólo percibe una vía mal cuidada, llena de piedras y de rodadas y con muros ruinosos que la bordean, cercando a la izquierda un parque admirable y a la derecha un terreno que ha sido destinado por quienes lo poseen a fines diversos y muy singulares.
Una parte está arreglada como jardín; en otra parte hay un huerto; también hay materiales, y de una gran puerta que da sobre el muelle sale un ancho camino arenoso que lleva a un gran teatro de madera. Monumento bien inesperado en este lugar y que llaman la sala Juana de Arco. Jirones de anuncios ya antiguos mostraban, en 1914, que una vez, quizá unos cinco o seis años atrás, la Pasión de N. S. Jesucristo se había representado allí. Los actores, eran quizás gente de mundo y quizás os hayáis encontrado en un salón al Cristo de Auteuil; un as de la bolsa, quizás representó allí a la perfección el ingrato papel de ese santo cainita, Judas, que empezó con las finanzas, siguió con el apostolado y acabó en sicofante.