El paseante de las dos orillas
El paseante de las dos orillas A veces me da por ir a pasar un rato al final del día a la terraza del Napo donde tienen fama los helados. El Café Napolitano, en los bulevares, estuvo recientemente en boga como café literario. Aún se ven allí gentes de letras y de teatro. Pero la gran época literaria fue antes de la guerra, cuando lo frecuentaban Jean Moréas, Catulle Mendès, los Silvain, y sobretodo Ernest La Jeunesse que ahí reinaba en medio de los cortesanos…
No fue allí donde conocí al autor del Boulevard…
Un día, en 1907, cuando dejaba el bulevar Des Italiens para retomar la calle de Gramont, mi atención se fijó en un trozo de papel blanco que revoloteaba delante de mí.
Instintivamente, atrapé al vuelo lo que creí un prospecto. Pero en el mismo momento, con los ojos alzados, percibí, en la tercera planta de la casa cerca de la cual me encontraba, un personaje enmascarado que se retiró rápidamente gritándome: «Guarde bien ese papel, señor, bajo enseguida a recogerlo».
