El paseante de las dos orillas

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Esperé cinco o seis minutos, y al no ver llegar a nadie, entré en la casa y quise entregar el trozo de papel al portero, para que él lo devolviera al inquilino del tercero, pero el portero me contestó: «Sin duda usted se equivoca; el tercero no está habitado. Es un apartamento de 12 000 y está para alquilar».

Sin manifestar ningún asombro, fingí releer una dirección sobre el papel doblado que llevaba y alegando un error de número me disponía a salir excusándome cuando, en el momento de abrir la puerta acristalada, vi pasar delante de mí, corriendo, mi máscara que se desenmascaraba. Era un hombre totalmente afeitado y rubio, según me pareció. Los pequeños acontecimientos que acababan de producirse eran de aspecto tan misterioso que ya no tenía ninguna gana de devolver el papel perdido. Estaba intrigado e inquieto a la vez. Me volví hacia el portero y le pregunté algunas informaciones sobre el apartamento en cuestión, diciéndole que justamente buscaba alojarme y que podría ser, después de todo, que me instalara en el bulevar. Poco después visitaba en compañía del portero las habitaciones vacías de la tercera planta, donde no vi nada que se aproximara al extraño asunto que me interesaba. Me fui deprisa, deseoso de mirar de cerca ese trozo de papel que, estaba seguro, debía contener un grave secreto.


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