El paseante de las dos orillas

El paseante de las dos orillas

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Un poco más arriba, encontramos escombros sobre los que se yergue un gran perro de escayola. Este vaciado está intacto y siempre lo he visto en el mismo sitio, donde permanecerá posiblemente hasta el momento en que los obreros vengan a modificar la calle Berton. Luego gira en ángulo recto y, antes de la esquina, aún hay una verja desde la que se ve una casa moderna encajada en una falla de la colina. Parece miserablemente nueva en esta vieja calle, que al doblar la esquina aparece en toda su belleza antigua e imprevista. Se vuelve estrecha, un arroyo corre por medio, y por encima de los muros que la encierran hay un tupido follaje que desborda el gran jardín de la vieja casa de salud del doctor Blanche, toda una vegetación lujuriosa que arroja una sombra fresca sobre el viejo camino.

Unos mojones, de tramo en tramo, se levantan contra los muros y, encima de uno de ellos han fijado una placa de mármol marcando que allí se encontraba antaño el límite de los dominios de Passy y de Auteuil.






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