El paseante de las dos orillas

El paseante de las dos orillas

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Desde la época de El encantador en putrefacción y antes de su invención del «Precursor de la democracia», tuve la ocasión de encontrar de nuevo al señor Paul Birault; era ya un periodista muy activo. Se ocupaba de la aviación en Paris-Journal, era jefe de ecos de sociedad en La France, jefe de noticias en L’Opinion, colaboraba en L’Éclair y no dejaba de interesarse por su imprenta, donde todavía fueron impresos los libros de Max Jacob.

Se quedó en el convento de la calle de Douai hasta el fin, hasta el momento de la demolición. Terco, se hizo, creo, expulsar, y ya podían demoler el monasterio y montar sus jaranas los negros bailarines que durante mucho tiempo se habían dejado ver en ese lugar, que el señor Paul Birault, su mujercita y su hijo, se reunían aún cada noche bajo la lámpara familiar en la celda que les servía de comedor.

Siendo ya célebre en el medio periodístico como mistificador, Paul Birault permaneció conocido como impresor en los ámbitos de la nueva literatura y de la joven pintura.




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