El paseante de las dos orillas

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El sótano del señor Vollard

Cerca del bulevar, calle Laffitte, 8, había antes de la guerra una tienda, verdadera barahúnda donde se amontonaban los cuadros de pintores contemporáneos y donde el polvo reinaba por doquier.

Desde la guerra, está cerrada. El señor Vollard, quizá, renunció a su comercio para librarse por entero a su fantasía de escritor y a la redacción de sus recuerdos sobre los pintores y autores que frecuentó. No olvidará hablar de su sótano que fue famoso de 1900 a 1908, época en la que me anunció que renunciaba a comer en «su sótano de la calle Laffitte»; se había vuelto demasiado húmedo.

Todo el mundo ha oído hablar de ese famoso hipogeo. Era incluso de buen tono ser invitado allí para almorzar o cenar. Por mi parte, asistí a algunas de esas comidas. Embaldosado, las paredes totalmente blancas, el sótano parecía un pequeño refectorio monacal.

La cocina era sencilla, pero sabrosa; alimentos preparados según los principios de la vieja cocina francesa, aún en vigor en las colonias, platos guisados largo tiempo, a fuego lento, y realzados con aliños exóticos.

Ambroise Vollard.


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