El paseante de las dos orillas

El paseante de las dos orillas

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Conocí a otros niños que se entretenían publicando periódicos. Pero eran siempre periódicos manuscritos en un ejemplar que se pasaba de mano en mano en el colegio. Me acuerdo en particular de uno de estos panfletos caligrafiado con tinta de colores variados: negro, violeta, verde, azul, amarillo, rojo. Debía aparecer cada semana y el abono se pagaba con chucherías: regaliz, chancacas, cajas de coco[43], etc.; pero no hubo ningún segundo número.

Una chiquilla, que casi es hoy una mujercita, se había asociado cuando tenía diez años con un chiquillo de siete a fin de publicar un periódico. Ella reunió suscripciones por la suma de treinta francos, de los cuales dio cinco al chiquillo y con el resto se compró chocolate. Pues lo que le parecía el logro anticipado de sus esperanzas le había dado entera satisfacción a su deseo de actividad; así es como un éxito prematuro es casi siempre causa de decadencia para un poeta o un artista cualquiera.






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