El paseante de las dos orillas

El paseante de las dos orillas

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Las peripecias de su composición explican también las opacidades en torno al título definitivo. Apollinaire y Cocteau tienen las ideas claras acerca de su contenido, pero no se ponen de acuerdo para elegir entre los propuestos por este último —Le flâneur des deux rives (que finalmente será el escogido), Promenades littéraires, Le flâneur littéraire o Promenades sur les deux rives. Apollinaire incluso le propone Flâneries parisiennes o Le flâneur parisien. Pero también añade: «En suma, póngale usted el que quiera». Lo cual, unido a la muerte del poeta antes de que el libro se edite, justifica la libertad con la que Cocteau le dará, probablemente con buen criterio, el que inicialmente había propuesto él mismo. Y conviene no equivocarse a su respecto: el poeta no vagabundea por ambas orillas del Sena. Al contrario, el poeta pasea. La noción de ‘vagabundear’ implica dejar al albur el itinerario, ya que ningún vagabundo conoce su destino. De otro modo, dejaría de serlo. En cambio, Apollinaire lo conoce, y a la perfección. De manera que pasea. Apollinaire era un gran paseante y, en ocasiones, componía sus versos por la calle, cantándolos a partir de unas melodías, casi siempre las mismas. Pero ahora pasea por calles y barrios, por casas y sótanos de los que conserva recuerdos que unas veces pueden ser personales y muy anclados en sus sentimientos, en sus emociones, en su vida misma. Y otras veces sus pasos le conducen hacia el terreno literario, y mezcla sus encuentros con otros creadores y sus reflexiones artísticas con experiencias propias, en un tono que alterna la erudición con la ironía y se eleva desde lo cotidiano hasta el terreno del pensamiento. Pero casi siempre los registros se mezclan en un mismo texto que acaba siendo sorprendente, como pueda serlo torcer una esquina bien conocida y, al lado de una casa donde fueran asesinadas dos mujeres, acabar encontrando el recuerdo impensable de Cremnitz o de Larguier. Efectivamente, Apollinaire se complace en volver a visitar lugares conocidos y amados, y hacia ellos dirige sus pasos sin permitir que el azar decida, en su lugar, cuáles quiere recuperar. Él lo sabe bien.


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