La mujer sentada

La mujer sentada

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Antes que nada el elder Lubel Perciman, alzando la antorcha que sostenía en la mano, se miró al espejo. Se halló bien peinado, su rostro flaco le agradó y le pareció que su cabellera amarilla era como un fuego luminoso del que se alimentaba la luna de esa noche de América. Después echó una ojeada a la cama baja en la que debía dormir su abuela de usted, que entonces parecía una deidad exiliada y destrozada por el cansancio. Mas la antorcha casi se cayó de las manos de Lubel Perciman, pues la cama estaba vacía. Pamela se había escapado en cuanto regresó, y mi relato sobre su abuela debe terminar aquí, puesto que ya no volvió a aparecer entre los mormones y que ya no se volvió a oír hablar de ella, como tampoco del danita, de hecho. Y se pensó que se había escapado con él, pero se mantuvo silencio al respecto pues se temía la ira del elder Lubel Perciman, que no volvió a hablar de ello. A mí, por mi parte, no me había vuelto a llegar ni una sola palabra hasta esta mañana, cuando mi diantre de sobrino ha venido de su parte a recordarme a esa bonita muchacha traviesa, de cabello alborotado, que causó tanta impresión en los Santos de los Últimos Días cuando, vestida de marinero, apareció en la plaza. Olvidada añadir que poco a poco se extendió el rumor de que el danita que había desaparecido al mismo tiempo que su abuela no era otro que el ángel Moroni.



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