La mujer sentada

La mujer sentada

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—Lamento no haber podido salvar más que a usted, las demás han sido secuestradas por los gentiles.

Pamela pensó inmediatamente en la esposa núm. 19, diciéndose: «Ha escapado, es lo que quería».

En ese momento llegaron otros danitas que habían ido a buscar una mula para Pamela, y regresó a Salt Lake City sentada sobre la mula que conducía por la brida el deslumbrante danita que la había recobrado de sus raptores.

Lubel Perciman la esperaba y la agasajó. Sin embargo, ni ese día ni en toda la semana que siguió se vio aparecer a Brigham Young, cuya esposa preferida se había fugado definitivamente.

Cuando la noche quedó en silencio, mientras la luna derramaba un resplandor frío y vivo, el elder Lubel Perciman, bien rasurado, vestido con un pantalón de tela azul, los pies sin calcetines en unos mocasines adornados con abalorios tornasolados, quiso conocer la felicidad conyugal en toda su extensión y penetró en la habitación de Pamela. Sonreía, a sabiendas de que fuera, los danitas velaban por la felicidad de los mormones. Las pálidas estrellas aguantaban en el infinito el peso de los dioses todopoderosos y, más lejos que esos dioses, otros aún más poderosos colmaban la plenitud del mundo con una energía increada y sin límites.


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