La mujer sentada
La mujer sentada Todo el mundo paró de bailar y Kimball se dirigió hacia los recién llegados para protestar contra su intrusión, mas cinco oficiales se precipitaron sobre las mormonas, las asieron por el talle y las arrastraron hacia la salida antes de que los mormones pensasen siquiera en impedírselo. El oficial federal que había asistido a la cena y que estaba bailando con Pamela y con la esposa núm. 19 las empujó hacia sus camaradas; se hallaron fuera antes de que el oficial de la milicia, Ferguson, que estaba maquillándose entre bastidores —pues representaba un pequeño papel en la obra Jedediah el Grande—, partiese en su persecución con los danitas.
Unos caballos aguardaban a los raptores, que subieron sus preciosos fardos casi desfallecidos a las monturas, montaron y galoparon afuera de la ciudad.
Fue una carrera desenfrenada durante la cual Pamela, más muerta que viva, se dejaba llevar, resignada a todo. Al cabo de una media hora, le pareció que tras ellos aparecían otros caballos. Los raptores avivaron la marcha, pero los perseguidores les ganaban terreno, se acercaban. Pronto hubo disparos; el caballo sobre el que iba Pamela fue abatido, ella se desmayó y, cuando volvió en sí, no vio más que el rostro enmascarado de un danita con lágrimas de oro que la contemplaba. Le dijo:
—Gracias por haberme salvado.
Y él dijo: