La mujer sentada

La mujer sentada

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Nicolás Varinov repartía su tiempo entre su hermana, la princesa Teleschkin, y su amante Elvire, con la que se instaló en un estudio en la calle Maison-Dieu. Cuando Nicolás estaba en casa de su hermana, Elvire pintaba, con una delicada fantasía y no sin esfuerzo, resplandecientes ramos en los que aparecían margaritas con los pétalos negros y esa vida animada por el arte, al amor, el baile en Bullier y el cine continuó hasta el momento de la declaración de guerra.

Se recuerda que el año 1914 comenzó con una alegría loca. Como en tiempos de Gavarni, el carnaval dominó esa época. Estaba de moda el baile, se bailaba por todas partes, en todas partes se celebraban bailes de disfraces. La moda femenina se prestaba tan bien al disfraz que las mujeres ataviaban sus cabellos con colores deslumbrantes y delicados que recordaban a los de las fuentes iluminadas que me asombraron de niño en la exposición de 1889. Se hubiera dicho también que eran resplandores estelares y las parisinas que seguían la moda tenían todo el derecho, ese año, a que las llamasen Berenices, pues sus melenas merecían un lugar entre las constelaciones.




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