La mujer sentada

La mujer sentada

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Naturalmente habían resucitado los bailes de la Ópera. Y la broma picantona del primero que tuvo lugar, en el que cada mujer recibía una caja cerrada con llave, mientras que cada hombre recibía una llave, habiendo de encontrar por su cuenta la cerradura de su llave, parecía un excelente augurio para la alegría general. Y tal vez más tarde, cuando con el tango, el maxixe y la furlana se olviden la guerra y sus «bombas fúnebres», se diga de la época pacífica del año 1914, como en la célebre litografía de Gavarni: «Se le perdonará mucho, pues ha bailado mucho».

De hecho, a los disfraces de 1914 les faltaba un artista como Gavarni, que había diseñado tantos, inventándolos, sin copiar nada a nadie.

No había, en 1914, ningún personaje particular de nuestro tiempo, como los Débardeurs, los Dominós, las Pierrettes, los Postillons, las Bayadéres o los Chicards, que un poeta convertiría rápidamente en personajes comparables a las máscaras de la Comedia italiana y que merecen no ser en absoluto abandonados.

Para crear otras máscaras, habría sido preciso otro Gavarni.


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