La mujer sentada
La mujer sentada «Arrodillado mejor que en pie, y guerrea lejos de tu país natal. Las manos de los barones son las sirvientas de la tierra. Los brazos de los labradores son los amantes del suelo, al que fecundan. Las muchachas no deben ser sirvientas en su propia familia. Es preciso que el guerrero viva lejos de su país natal, es preciso que viva en el exilio y la inquietud. Y la muerte es hermosa, cuando se lucha por una causa grande y justa. ¡Ven, oh noche, oh noche más hermosa que el día!»
Y, en tanto que su gloria eterna brillaba aún a lo lejos, la Enéada desapareció. No quedó más que la atroz tristeza de la batalla; el pequeño camillero arrodillado no pensaba ni en la Enéada del coraje, ni en el peligro en que se hallaba, pensaba en Corail, esa muchachita a quien amaba y que lo amaba a él, pero sin constancia. Estaba triste, tan triste que pensó que iba a morir y, al ver a uno de sus camaradas herido que gritaba «¡A mí!», se lanzó a socorrerlo y fue entonces cuando una bala de ametralladora lo alcanzó en pleno pecho y cayó muerto, sin sufrimiento, mientras el nombre adorado de Corail expiraba en sus labios.
Entonces Anatole de Saintariste, de regreso al presente, besó la mano de Corail.
En ese momento se cruzaron con Elvire y Pablo Canouris que se besaban cerca del cementerio de Montparnasse.