La mujer sentada

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Anatole le dijo a Corail: «No los mires», y Canouris dijo a Elvire:

—Ahora que Saintariste y Corail nos han visto besarnos, todo el mundo sabrá de sobra que eres mi amante; ya no tienes motivo para no venir a mi casa.

—Vamos a ver, Pablo —dijo Elvire—, no estás pensando. Nicolás vuelve mañana de la guerra. El médico jefe del hospital del gobierno de Ruritania lo ha reclamado como indispensable. Todo ha terminado entre nosotros.

—¡Pues bien! —dijo Canouris—. Si me abandonas, iré a ver a la hermana de Nicolás y se lo contaré todo.

—¡Ah, me das asco! —dijo Elvire—. Si lo hubiera sabido no te habría amado nunca. Te odio, déjame en paz.

Y se puso a correr en dirección a su casa. Pero Pabblo Canouris corrió tras ella. La alcanzó en el momento en que llamaba a la puerta. Se pelearon apasionadamente, y Elvire hubiera terminado por ceder si Pablo no se hubiera resbalado en la cazada. Cayó de rodillas, y ella aprovechó para entrar y cerrar la puerta, que el conserje había abierto hacía ya un buen rato.


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