La mujer sentada

La mujer sentada

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«Habría que encontrar un subjefe de artificieros», le declaró un viejo brigada, pero a pesar de sus gestiones no ha podido encontrar aún ningún subjefe y vive perpetuamente fuera de sí. Ha colocado el obús bien acolchado con toda su ropa en su armario de espejo; me lo mostró con mil precauciones y de noche se despierta a veces sobresaltado; le parece haber oído no sé qué crujidos en el armario y se espera de un momento a otro que el desafortunado proyectil estalle y lo mate haciendo saltar por los aires toda la casa.

Y, tras haber narrado con su habitual prolijidad la historia del obús, el viejo Mahner dejó con una sonrisa a esos amantes cuyos sentimientos tan profundamente había modificado la guerra.

Elvire, al cabo de cierto tiempo, volvió a hablarse con Pablo Canouris, con quien se topaba sin cesar en su camino pero no se lo decía a Nicolás Varinov, el cual vivía, por su voluntad, en una incertidumbre que le hacía ponerse amarillo.

Cuando se encontraba con ella, Pablo la animaba a venir con él. Y ella comenzaba a escucharle de nuevo con complacencia.

Un día, la linda Corail, que había venido a verla, le habló elogiosamente de una vidente que también echaba las cartas y que disponía de un gran número de métodos para consultar el futuro.


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