La mujer sentada

La mujer sentada

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Fueron allí al día siguiente. Mme. Adonysia vivía en Batignoles, en la calle Nollet. Predecía el futuro desde la guerra, pues era viuda de un profesor de matemáticas que la había dejado sin recursos. Para diferenciarse de las demás adivinas, había ideado interrogar al bienaventurado Jean-Baptiste Vianney, un cura de Ars, o incluso al Mago Papus, cuyo verdadero nombre era doctor Encausse y que acababa de morir. Esos oráculos le contestaban de manera satisfactoria, a decir de su clientela.

A su casa no venían hombres, o sólo eran admitidas las mujeres. No ponía ningún anuncio en los periódicos y reclutaba a sus clientes únicamente a través de contactos. El precio de la consulta era de cinco francos pagaderos por adelantado y aquellas de entre sus clientes a quienes considerase más discretas podían, mediando veinte francos, recurrir a lo que ella llamaba «la gran pregunta de guerra», que consistía en esparcir por un plato la pólvora contenida en un casquillo Lebel e interpretar la figura que formara la pólvora así esparcida.

Como Mme. Adonysia tenía a Corail por una persona razonable y llena de discreción, tuvo a bien entregarse, a favor de Elvire, a la «gran pregunta de guerra».

La pólvora contestó que Elvire dejaría a su amante actual para irse con aquel que le hacía la corte.


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