La mujer sentada
La mujer sentada «Moral, de acuerdo —contestó Saintariste—, pero no religión. Quiero que el rito más notable sea el suicidio, que considero particularmente honroso y particularmente redentor. Que aquel que haya faltado al honor se mate y que lo haga con sencillez y sin temor.
¡Habrase visto!, después de muchos años de guerra, apenas nos hemos acostumbrado a la idea de la muerte, y a la de morir, nada.
Es preciso que desde ahora cada cual tenga su honor, tanto el bandido como el soldado, tanto el parlamentario como el comerciante. Antaño, el malhechor tenÃa su honor y le importaba; el criminal de ahora no tiene honor. En estos tiempos, la quiebra conlleva bastante poca deshonra para un comerciante, y pocos arruinados se suicidan.
—¿No se considera el suicidio —dijo Ovidio— como un delito o un pecado?
—Es posible, mas ¡qué hermoso pecado aquel al que le arrastra el honor!».
Y, conduciéndolo a la mesa en la que escribÃa ante la ventana, le dijo: