La mujer sentada

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Más allá, a la derecha, en el bulevar Raspail, el pequeño café de Vigourelles albergaba en 1914, los días que no se bailaba en Bullier, a una juventud petulante; a menudo había un hombre de rostro severo. Declaraba con naturalidad a quien quisiera escucharlo: «Soy el hombre más puñet…ro del barrio, le hago la puñ…ta incluso a los consejeros municipales». Le llamaban el león. Le hacía la puñ…ta a tanta gente que había sacado rentas de ello: efectivamente, la mayoría de los cafés y bistrós del barrio preferían darle dinero antes que servirle. No tenía más que presentarse en esos lugares para que inmediatamente le dieran, según la importancia de la casa, un franco, dos francos o incluso tres francos y medio. Cada mañana, ese genio hacía su pequeña ronda por el barrio y eso le bastaba para sobrevivir, le hacía la puñ…ta a todo el mundo y no le debía nada a nadie. A ese pequeño café provenzal de Vigourelles venían a veces los Sres. Segonzac, Luc-Albert Moreau, André Dérain, Édouard Férat, René Dalize y un personaje enigmático a quien llamaban «el Finlandés» pero que, según creo, era un lemosín, del mismo Limoges. El distinguido propietario de la casa se había creado una fama de gusto excelente en su distrito al declarar públicamente, en un hermoso arranque de elocuencia:

«Caballeros, aun siendo tabernero, adoro el arte; los domingos, cuando no voy al cine voy al Louvre».


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