La mujer sentada
La mujer sentada Y continuó hablando así, en una lengua revelada, y la emoción del pueblo entero de los mormones y los gentiles llegó a su punto culminante y todos los ojos brillaban cual gemas incandescentes. Luego, unos gritos chillones salieron de la muchedumbre mientras el Profeta hablaba. Los brazos se agitaban, las mujeres embarazadas reían tan fuerte que, sin poder ya sostener el peso de sus vientres, caían al suelo. Se oían canciones extravagantes y los indios lanzaban exclamaciones guturales que sonaban como una campanada fúnebre, después hubo gritos desgarradores de mujeres del lado de los gentiles y algunos hombres, sacudidos por el terror, temblaban entre sollozos. Y los gritos roncos de las mormonas se convirtieron en aullidos y unas cuantas personas se desmayaron lanzando un grito penetrante que resonaba como la siniestra llamada de un pájaro de mal agüero. Entonces un frenesí delirante sacudió a toda la muchedumbre. El bark dominó a todo el pueblo, y todos aquellos que no se habían desmayado se pusieron a cuatro patas y, alzando la cabeza, mirando a Brigham Young de frente, ladraban como perros furiosos. El sacerdote proseguía y la voz del Profeta se alzaba en forma de palabras reveladas por encima de los gañidos de los hombres y las mujeres. Gritaba con todas sus fuerzas, con los ojos alzados hacia el cielo, su sombrero de copa echado para atrás, el cuello hinchado, y sus esfuerzos desgarraron la botonera de su cuello italiano, la corbata remontó hasta el cuello, la camisa se abrió y el bocio del Profeta se extendió sobre su pecho como pis de vaca. Hablaba con una voz atronadora y ahora se inclinaba para mirar a los ojos de esos ladradores que se acercaban a él, a cuatro patas, que gruñían y enseñaban los dientes.