La mujer sentada
La mujer sentada Entonces se quitó la levita y la agitó por encima de su cabeza lanzando gritos inarticulados y todos esos perros rabiosos se volvieron a levantar y súbitamente la plaza quedó inmóvil y el Profeta retomó su sermón en lengua revelada.
En breve ese pueblo frenético fue presa de convulsiones; las gordas mujeres tenían espasmos violentos como si fueran a dar a luz; algunos hombres se contorsionaban como un paño que se retuerce y un grupo de mujeres corría marcha atrás alrededor de la plaza y sus cabezas se desarticulaban por el entusiasmo hasta el punto de que el rostro se hallaba ahora del lado de la espalda. Los ojos de los indios se habían salido de sus órbitas y les colgaban sobre el rostro como arañas agarradas a su tela. El jerk lo convulsionaba todo, a los lugareños, a la ciudad. Sus rostros transformados resultaban irreconocibles y su fisonomía cambiaba de un momento a otro.