La mujer sentada
La mujer sentada Luego, en el entusiasmo creciente bajo los gritos del Profeta, todos se agacharon y se pusieron a saltar como sapos agitando los brazos, contorsionándose como reptiles desconocidos, grotescos y espantosos. Y la voz del Profeta se hizo más dulce, ahora hablaba de un modo acariciante y las contorsiones cesaron. El pueblo entero se arrojó al suelo y rodó a uno y otro lado como si lo estuvieran meciendo. El movimiento de los cuerpos se aceleró y había algunos que, rígidos, rodaban atravesando toda la plaza y regresaban chocándose, rebasándose, mezclándose e hiriéndose.
Y Brigham Young se puso a cantar con una voz penetrante y muy aguda mientras seguía agitando su levita, y sus estridentes modulaciones sacudieron a todos esos cuerpos que se levantaron de golpe y luego se combaron en círculo, tocando los pies con la cabeza, y se pusieron a rodar así a través de la plaza como aros imperfectamente circulares.
Rodaban por millares y el Profeta seguía cantando hasta el momento en que, declinando ya el sol, convirtió su levita en látigo y fustigaba con ella a esos aros humanos para echarlos hacia las calles vecinas donde se detenían lanzando un grito terrible y permanecían inmóviles, cubiertos de polvo y de baba sanguinolenta».