La mujer sentada
La mujer sentada —En eso reconozco bien a mi abuela —dijo Elvire—. Amaba a las mujeres, y yo, por mi parte, no he encontrado ninguna que me haya disgustado.
La observación de Elvire no acarreó ningún comentario por parte de Ovidio y el viejo Mahner prosiguió su relato.
—Lubel Perciman tenía quince mujeres, todas ellas jóvenes y agraciadas. Formaban un parterre en el que se mezclaban flores de muchas regiones. Cinco eran inglesas, dos habían nacido en Illinois, una en Pensilvania, otra en Massachussets, y había dos danesas, una irlandesa, una rusa, una alemana y una holandesa.
Pamela se dejó unir no sin condiciones al elder, que en pocos años había creado una fortuna mormona participando en las empresas de Brigham Young, hombre que sabía mucho de negocios y que tuvo la idea de crear tiendas enormes como las que se ven hoy en día en todas las grandes ciudades, y en las que se vende de todo.
Pamela exigió que el matrimonio no se sellara sino cuando se hubiera procurado un vestido blanco que cortó y cosió ella misma con ayuda de las esposas del Profeta. No osó pedir flores de azahar porque pensaba que ya no tenía derecho, mas el día de la ceremonia se hizo coronar con rosas blancas y se engalanó con un collar que le dio su prometido y que se componía de perlas enormes, como aquéllas a las que las romanas llamaron “uniones” desde la guerra de Yugurta.