La mujer sentada
La mujer sentada Un coche debía conducir a los esposos a su casa, y ocurrió que en el momento en que Lubel Perciman estaba ayudando a Pamela a subir al estribo, un jinete pasó cerca de ellos, al paso de una yegua negra que montaba, y él mismo iba vestido con una túnica blanca y en su rostro enmascarado ella reconoció el lobo verde y las lágrimas de oro de los danitas. Su tiara inmaculada le daba un aspecto imponente. Y el corazón de Pamela latió más fuerte, y pensó: «Ése es el que habría tenido que desposar. Es bello y misterioso, mientras que mi Lubel tiene el aspecto de un negociante venido a más con esa barba en collar». Ideas de adulterio, de huída, atravesaron su alma. Y deseó que el danita la subiera a la grupa y la llevara a otro país, y después pensó en la terrible reputación de los danitas y, estremeciéndose, se estrechó contra su marido que apenas la miraba y no decía palabra. Y cuando estuvo en su nueva casa, al penetrar en el salón, vio a las catorce mujeres de pie para recibirla y, al verlas en fila, de frente en el centro de la pieza, estalló en risas, pensando: «Desde luego, mi hogar conyugal tiene un aspecto de lo más gracioso, no falta más que la negra». Tras lo cual se puso triste de nuevo, y rogó a su marido que la excusara diciendo que sentía la necesidad de ordenar sus ideas, de hacerse a esa vida tan nueva y tan extraña, y pasó la noche sola.