La mujer sentada
La mujer sentada El día siguiente, con ese sonido de roce de pergaminos que advierte de la cercanía de las serpientes de cascabel, las quince mujeres del elder Lubel Perciman, escotadas y ataviadas con vestidos de muaré de volantes, salieron de su jardín y se concentraron un instante en el cruce donde estaba situada su vivienda, junto a la casa de Orson Spencer, en la esquina noroeste en que se cruzan la calle de la Casa del Concilio y la calle de la Emigración.
Entre las quince mujeres, se distinguía fácilmente a las cuatro americanas por sus enormes melenas en las que sus cabellos, que eran muy hermosos, se combinaban con una cantidad sorprendente de cabellos falsos, y se empolvaban copiosamente el rostro, el cuello, el pecho y los brazos con almidón. Las cinco esposas inglesas llevaban regiamente las diademas que formaban sus cabelleras de oro rosa cuyos tintes de aurora apenas diferentes las unas de las otras hacían que esas mujeres, impecablemente blancas, parecieran cinco cirios encendidos.
Las dos esposas danesas, la rusa y la holandesa se hacían densos moños con las pesadas trenzas de sus cabellos, mientras que el pelo negro de la irlandesa en blandos trenzados hacía resaltar la blancura animada de su rostro. Y la francesa Pamela era la única que tenía el cabello castaño como el pelaje de una nutria.