Seleccion poetica
Seleccion poetica Yo usaba guantes. Los isleños me llevaron a sus huertos para que cogiera frutos semejantes a mujeres. Y la isla, a la deriva, fue a colmar un golfo donde surgieron, seguido, de la arena árboles rojos. Un animal blando cubierto de plumas blancas cantaba inefablemente y todo un pueblo le admiraba sin cansarse. Volví a encontrar en el suelo la cabeza hecha de una sola perla que lloraba. Blandí el río y la multitud se dispersó. Algunos ancianos comían apio e, inmortales, no sufrían más que los muertos. Me sentí libre, libre como una flor en su estación. El Sol no era más libre que un fruto maduro. Un rebaño de árboles pacía estrellas invisibles y la aurora daba la mano a la tormenta. Entre los mirtos se sufría la influencia de la sombra. Todo un pueblo hacinado en un lagar sangraba cantando. Del licor que salía del lagar nacieron hombres. Blandían otros ríos que se entrechocaban con un ruido argentino. Las sombras salieron de los mirtos y se fueron a los jardincillos regados por un surtidor de ojos de hombres y de animales. El más bello de los hombres me cogió por la garganta, pero conseguí derribarle. De rodillas, me mostró sus dientes. Los toqué. Salieron sonidos que se transformaron en serpientes del color de las castañas y su lengua se llamaba Santa Fabeau. Desenterraron una raíz transparente y comieron de ella. Era tan gruesa como un nabo.
Y mi río en reposo los inundó sin ahogarlos.