El asno de oro

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2. Iba yo camino de Tesalia. — Pues también, por línea materna, soy oriundo de allí y es para nosotros título de orgullo contar entre nuestros antepasados al célebre Plutarco[3] y luego a su sobrino el filósofo Sexto. — Iba yo, pues, a Tesalia por cuestión de negocios. 2Tras recorrer altas montañas, húmedos valles, frescas praderas y campos de cultivo, mi caballo, un caballo del país y todo blanco, se hallaba extenuado; 3cansado yo también de ir sentado, quiero estirar las piernas y echo pie a tierra: seco el sudor de la caballería con unas hojas, doy un cuidadoso masaje a su frente, acaricio sus orejas, le quito los frenos, me pongo a caminar muy despacito para darle tiempo a disipar su cansancio descargando su vientre según 4natural necesidad. Mientras la caballería con la cabeza gacha y de lado busca en movimiento su pasto sobre las praderas recorridas, me sumo, como tercero, a dos compañeros de ruta que casualmente iban delante 5a muy poca distancia. Al prestar oído por captar su conversación, uno de ellos, estallando de risa: «Ahórrate —exclama— unas mentiras tan absurdas, tan disparatadas».

Al oír esta exclamación y, además, sediento de novedades, 6interrumpo: «Ponedme al tanto de vuestra conversación; no soy un entrometido, pero me gustaría saberlo todo o, al menos, todo lo posible; al propio tiempo, la ruda pendiente que iniciamos se aliviará con la amenidad de una bonita historia».


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