El asno de oro
El asno de oro 3. El primer interlocutor: «¡SÃ, mentira todo eso! —dice—; tan verÃdico como si alguien pretendiera afirmar: basta un mágico murmullo… y los rÃos vuelven rápidamente hacia atrás, es posible encadenar e inmovilizar a los mares, adormecer el soplo de los vientos, detener la marcha del sol, atraer el rocÃo de la luna, arrancar del cielo las estrellas, suprimir el dÃa y alargar la noche».
Yo, entonces, tomo la palabra con mayor libertad: 2«Oye, amigo, tú que habÃas iniciado la historia, no te acobardes; por favor, complétala». Y, dirigiéndome al otro: «¿No estás acaso rechazando con tus oÃdos sordos, tu entendimiento obtuso, lo que puede ser exacta realidad?
»Por Hércules, no pecas de listo: los peores prejuicios 3hacen ver mentiras en lo que uno nunca ha visto u oÃdo simplemente porque ello sobrepasa el alcance de nuestra inteligencia; un examen algo detenido te convencerá de que tales hechos son no sólo evidentemente ciertos, sino hasta de fácil ejecución.