El asno de oro
El asno de oro 4. »Así yo, ayer por la tarde, desafiando a mis comensales, me afanaba por engullir un trozo demasiado grande de torta con queso, cuando la pasta blanda y pegajosa me quedó adherida a las paredes inferiores de la garganta interceptándome las vías respiratorias 2de tal modo que nada me faltó para morir. Y, no obstante, últimamente en Atenas y ante el pórtico del Pecilo, con este par de ojos que tengo, vi a un malabarista tragarse un sable de caballería horriblemente 3afilado. Después, animado por alguna exigua moneda, se hundió hasta el fondo de las entrañas y por la 4parte mortífera una lanza de cazador. Más todavía: sobre el mango herrado del arma, que sobresalía por encima de la cabeza, un chiquillo de graciosas y suaves formas comienza a trepar y a exhibirse en acrobáticas volteretas como si no fuera de carne y hueso, ante la 5admiración unánime de los asistentes; parecía la hermosa serpiente que con móviles articulaciones abraza el caduceo del dios-médico al enroscarse entre sus nudos 6y ramas mal cortadas[4]. Pero, bueno, tú prosigue ya, por favor, la historia iniciada. Yo te creeré por este otro y por mí; y en la primera taberna en que podamos parar, repartiré contigo mi merienda. He aquí el premio que te espera».