Dinero

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[60]. Y después de dedicar tortas y sacrificios, «ofrendas para la llama de Hefesto» [61], recostamos a Dinero según lo prescrito. Y cada uno de nosotros se preparó un jergón de hojas.

MUJER. ¿Había más gente para rogar al dios?

CARIÓN. Sí, sobre todo un tal Neoclides, que es ciego, pero que en robar supera a los videntes

[62], y muchas otras personas con toda clase de enfermedades. Cuando el servidor del dios apagó las lámparas y nos indicó que durmiéramos, diciéndonos que mantuviéramos silencio si alguno oía ruido, todos nos tumbamos en orden y concierto. Pero yo no podía dormirme, que me tenía en vilo una tartera de gachas que una viejecita tenía cerca de la cabeza: yo ardía en deseos de deslizarme hacia ella. Después levanté la vista y observé que el sacerdote cogía de la mesa sagrada los pasteles y los higos secos. A continuación hizo un recorrido completo por todos los altares por si había quedado alguna ofrenda en alguna parte. Y si era así las consagraba… en su bolsa. Así es que yo, pensando que era una acción muy santa, me levanté para acercarme a la tartera de las gachas.

MUJER. ¡Sinvergüenza!; ¿no tenías miedo del dios?


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