Dinero

Dinero

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CARIÓN. Después aún se sentó al lado de Dinero y, primero, le tanteó la cabeza; luego cogió un pañuelo limpio y le enjugó los párpados. Panacea le cubrió la cabeza y todo el rostro con una tela roja. Entonces el dios emitió un silbido y, en eso, se lanzaron desde el santuario dos serpientes de tamaño asombroso.

MUJER. ¡Dioses queridos!

CARIÓN. Y las dos se metieron suavemente por debajo de la tela roja y le lamían los párpados, o así me lo parecía a mí. Ama, en menos de lo que tú tardas en beberte hasta el final diez jarras de vino, Dinero se puso en pie con la vista normal. Yo batí palmas de alegría y desperté al amo. Al momento, el dios desapareció con las serpientes en el santuario. Los demás que estaban tendidos allí junto a Dinero, no veas cómo lo jaleaban: se quedaron despiertos toda la noche hasta que se hizo de día. Yo lo que hacía era elogiar al dios con todas mis fuerzas, porque devolvió rápidamente la vista a Dinero y porque dejó a Neoclides más ciego todavía.

MUJER. ¡Qué poderío el tuyo, rey soberano! Pero dime, ¿dónde está Dinero?


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