Las Avispas
Las Avispas BDELICLEÓN.-Tomo nota de lo que dices sobre los suplicantes.
FILOCLEÓN.-Entro después, abrumado de súplicas, y, calmada mi cólera, suelo hacer en el tribunal todo lo contrario de lo que había prometido; pero escucho a una muchedumbre de acusados que en todos los tonos piden la absolución. ¡Oh! ¡Cuántas palabras de miel pueden oír allí los jueces! Unos lamentan su pobreza, y añaden males fingidos a los verdaderos hasta lograr que sus desgracias igualen a las nuestras; otros recitan fábulas; éstos nos refieren alguna gracia de Esopo; aquéllos dicen un chiste para hacerme reír y desarmar mi ira. Cuando tales recursos no nos vencen, se presentan de pronto trayendo sus hijos e hijas de la mano; yo presto atención; ellos, desgreñado el cabello, prorrumpen en berridos; el padre, temblando, me suplica como a un dios que le absuelva, siquiera por ellos. «Si te es grata la voz de los corderos, dice, compadécete de la de mi hijo.» «Si te gusta más la de las cerditas procura conmoverte con la de mi hija.» Entonces disminuímos un poco nuestro furor. ¿No es esto, decidme, un gran poder que nos permite despreciar las riquezas?
BDELICLEÓN.-Nota segunda: el desprecio de las riquezas. Dime ahora cuáles son esas ventajas por las cuales te crees señor de Grecia.