Las Avispas

Las Avispas

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FILOCLEÓN.-Pero se me olvidaba lo más delicioso: cuando entro en casa con el salario, todos corren a abrazarme, atraídos por el olorcillo del dinero; en seguida mi hija me lava, me perfuma los pies y se inclina sobre mí para besarme; me llama «papá querido» y me pesca con la lengua la moneda de tres óbolos que llevo en la boca. Después mi mujercita, toda mimos y halagos, me presenta una tarta riquísima, se sienta a mi lado y me dice cariñosa: «Come esto, prueba esto otro.» Lo cual me deleita infinito y me libra de miraros a la cara a tí ni al mayordomo, para ver cuándo os dignaréis servirme la comida, gruñendo y maldiciéndome. Mas para cuando mi mujer no me trae pronto la torta, tengo este quitapesares[44], muralla en que se estrellan todos los dardos. Por si no me das de beber, he traído este soberbio porrón con dos asas a modo de orejas de asno. ¡Cómo rebuzna cuando, inclinándome hacia atrás, apuro su contenido! Sus terribles cloqueos ahogan el ruido de tus odres. Mi poder es por lo menos igual, igual al del padre de los dioses, pues hablan de mí como del propio Zeus. Cuando nos alborotamos suelen decir todos los transeúntes: «Zeus soberano, cómo truena el tribunal.» Y cuando lanzo el rayo de mi indignación, ¡oh! entonces es de ver cómo me halagan todos y cómo el terror descompone el vientre a los más ricos y soberbios. Tú mismo me temes más que ningún otro; sí, por Deméter, me tienes mucho miedo. Yo en cambio, que me muera si tengo miedo de ti.


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