Lisístrata
Lisístrata 
Se divisa la Acrópolis de Atenas al fondo. Es de mañana, y aparece en escena LISÍSTRATA.
LISÍSTRATA: Si las hubieran invitado a una fiesta de Baco[1], a una gruta de Pan[2], o al promontorio Colíade, al templo de la Genetílide[3], no se podría ni siquiera pasar por culpa de sus tambores[4]. Pero, así, ahora todavía no se ha presentado ninguna mujer. (CLEONICE sale de su casa). Bueno, aquí sale mi vecina. ¡Hola, Cleonice!
CLEONICE: Hola, tú también, Lisístrata. ¿Por qué estás preocupada? No pongas esa cara, hija mía, que no te cuadra arquear las cejas.
LISÍSTRATA: Cleonice, estoy en ascuas y muy afligida por nosotras las mujeres, porque entre los hombres tenemos fama de ser malísimas…
CLEONICE: Es que lo somos, por Zeus.
LISÍSTRATA:… y cuando se les ha dicho que se reúnan aquí para deliberar sobre un asunto nada trivial se quedan dormidas y no vienen.
CLEONICE: Ya vendrán, querida. Difícil resulta para las mujeres salir de casa: una anduvo ocupada con el marido; otra tenía que despertar al criado; otra tenía que acostar al niño; otra lavarlo; otra darle de comer.
LISÍSTRATA: Pero es que había para ellas otras cosas más importantes que ésas.
